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Apuntes Disuasivos: SAL Y AGUA

Autor/fuente:  (01-07-2018)

Desde hace un poco más de 18 años se instauró en Venezuela la peor estafa política que pueblo alguno puede sufrir.  Sobre los voluminosos precios del petróleo montaron el espejismo “revolucionario” y el llamado socialismo del siglo XXI.  Con los más grandes ingresos de petrodólares históricamente conocidos en Venezuela hicieron lo que les dio la gana, pero nunca lo que debía hacer un gobierno serio y responsable.  Sobre esta ficción el pueblo venezolano se entrampó y creyó haber encontrado a su mesías. Al iluminado y, a los hombres que vendrían a cambiar definitivamente a la patria de Bolívar. Bastó que cayeran los precios del “Oro Negro” para que la realidad terrena truncara el sueño y el venezolano de a pie, ese que se había comido el cuento de la Venezuela socialista y potencia, despertó de su letargo y se encontró con la dura realidad.  Súbitamente, se percató del engaño al mirar la tragedia diaria que le rodea. Los herederos del desastre en vez de enderezar el camino, han asumido la terca tarea de seguir enrumbándolo torcidamente hacia el despeñadero.  Cada acción política es un engaño y cada obrar en la economía es otro paso hacia el fatal vacío.  El hilo más expedito que han encontrado, los incapaces y corruptos gobernantes venezolanos, para “remendar” el destrozado capote es el aumento desmesurado y consecutivo de los salarios.  Los tartufos del madurismo se ufanan que somos el país donde más incrementos de los sueldos se decretan en el mundo. Pero se cuidan muy bien de no mencionar que también padecemos, por mucho, la inflación más alta del planeta. Un hecho que pulveriza al otro. Sólo en el mes de mayo la canasta básica llegó a 220.138.620,81 bolívares, vale decir que se necesitaron 220 salarios mínimos para adquirir la cesta básica alimentaria. 

En Europa el promedio del poder adquisitivo frente al salario mínimo para la adquisición de la cesta básica de alimentos es de un promedio de 16% al 18%; mientras el salario mínimo colombiano les alcanza para comprar la cesta básica por un monto inferior al 30% de ese ingreso. En Venezuela se necesita el sueldo de varios meses, y hasta un año, para el mismo objetivo.  La excusa de la guerra económica, desde hace rato no es un pretexto creíble en una economía de un país donde un sector político tiene todo el poder y donde adicionalmente, el sector privado ha sido prácticamente arrasado, tras haber sido criminalizado y estigmatizado por voceros oficialistas.  Quizá los mismos ideólogos de los discursos gubernamentales decidieron abortar la misión de seguir martillando con ese estribillo. Y habría una razón muy lógica: un proyecto político que se ufana cada vez que puede de su capacidad bélica, queda muy mal al perder reiteradamente una guerra contra enemigos que se suponen infinitamente inferiores.  Pero hay otra razón aún más sencilla: la gente sabe que es mentira y nunca se lo creyó. Si algún aprendizaje valioso podemos ver en medio de la comprometida situación nacional, es que todos estamos mucho más claros en cómo funciona la economía. Todos, menos quienes hoy la manejan. 

La palabra “salario” procede del Imperio Romano, donde parte de la remuneración que recibían los soldados que cuidaban la vía hacia las salinas, era entregada en sal. Quizá sea bueno recordar la hermandad etimológica de ambas palabras para adentrarnos en una realidad muy cruda: el salario venezolano como todas las promesas de esta presunta revolución, se ha vuelto, literalmente, sal y agua.

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