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Armando Reverón: En las fronteras de la mística

Autor/fuente:Luis Alberto Hernández  (12-09-2015)

(En http://www.gentemergente.com)

La apertura de Occidente a otras formas de cultura de las cuales, hasta hace apenas unas décadas se había mantenido distanciada, constituye hoy la más firme promesa de un diálogo que ya resultaba impostergable. El sentido de esta nueva dirección está conduciendo hacia una forma de cultura, caracterizada por cambios profundos y rápidos que se extienden poco a poco al conjunto del globo y entrañan otros modos de percepción de la realidad que abrazan nuevos conceptos acerca de la vida y del espíritu, de la conciencia y de la evolución. Esta mutación general de la conciencia que hoy se produce ha suscitado, entre muchas otras inquietudes, una nueva resurgencia del espíritu. Como bien lo ha observado José María Mardones, el fenómeno “viene acompañado de una notoria flexibilización de las creencias, respecto al canon de la ortodoxia, dentro de los que se reconocen como creyentes”1. El resultado final -señala el investigador- “proporciona un potencial simbólico que queda a la disposición de la innovación religiosa”. Esta nueva configuración religiosa que hoy recorre todos los espacios seculares es lo que algunos han llamado nueva religiosidad. En el fondo se trata de una respuesta esperanzada ante la desmesura impredecible de la crisis en que se halla inmersa la civilización occidental. Es de nuevo la misma necesidad originaria del hombre por darle sentido a su existencia.

El propósito de estas anotaciones es el de examinar la posibilidad de otra hendidura en la experiencia integral (vida-obra) de Armando Reverón, fundamentalmente, en algunos aspectos relacionados con su religiosidad, no sólo porque la cuestión de lo sagrado es una necesidad que comparto, que ocupa mis indagaciones y que además, estimo ineludible, sino porque considero de gran interés hacer otra lectura a la totalidad de una experiencia que, en su sentido más profundo, quizás todavía no haya sido suficientemente comprendida.

La mayoría de los estudiosos de Reverón a menudo distanciaron su vida de la obra, olvidaron que una labor de semejante intensidad, con capacidad inusitada de expresar lo trascendente no puede ser tan fácilmente separable de quien refleja en ella sus aspiraciones más compensatorias. Comparto con Manuel Espinoza esta sorprendente certidumbre: “Reverón pintó en estados superiores de conciencia perceptiva no racionales, transpersonales, integradores, que plantean desafíos fecundos en nuestras búsquedas de mayor significación simbólica”.2 La aproximación que intento, la planteo desde una óptica que pretende no sólo informar sino, sobre todo, salir al encuentro de un ámbito de la experiencia del artista, trasladándolo a un horizonte más ancho y dilatado. Tiene como personalísima aspiración el deseo de transitar el complejo entramado de significaciones de una experiencia que hoy bien podríamos llamar ecológica y que constituyó para Reverón una vivencia profundamente espiritual.

En el marco de esta nueva opción religiosa que ofrece el cambio filosófico-cultural contemporáneo, y en el tono intuitivo de mi propia experiencia es que deben ser entendidas estas indagaciones.

El sentimiento de totalidad con que Armando Reverón asumió la vivencia artística, el sentido trascendente de su experiencia, roza muy de cerca lo que definiría como una “dimensión mística” en trato con la creación. No sólo porque en ese gesto se elevaba por encima de sí mismo apartándose de las circunstancias sociales que vivió, sino porque la suya, como toda plenitud artística, era esencialmente religiosa. Es sabido que espiritualidad y mística forman parte de la vida en su integridad y en su sacralidad. De allí nace el dinamismo de la resistencia y la permanente voluntad de liberación, precisamente el camino anhelado de Armando Reverón.

Para un hombre empeñado plenamente en ser él mismo, las contradicciones de la realidad en que transcurría su vida debían desembocar en un cambio, en transformación de lo insostenible para llegar al hombre verdadero. Todo deseo de abandono de las sombras supone siempre el atisbo de la luz. Sin embargo, la dirección de este camino no siempre se presenta clara cuando uno se aventura a la soledad de su interior. Charles Breaux, estudioso de la conciencia humana ha dicho que en esas circunstancias es “cuando nos damos cuenta de que debajo de todos los miedos, deseos y preconceptos del propio ego, surge el impulso básico de recordar nuestra naturaleza esencial”3. La transformación a que aspiraba Reverón se traduce en una nueva actitud ante la vida, y define otra relación con la naturaleza. En ella la dimensión religiosa de su sensibilidad parece ser fundamental.

Renuncia y reintegración, aspectos fundacionales de toda mística, marcarán su vida sumida en una voluntaria actitud de dramático abandono que a veces alcanza el desamparo. Y Macuto es entonces el ámbito para un mirar contemplativo, para el abandono sacrificial sentenciado desde su más íntimo saber. Su relación con el sol y el mar es ahora un campo de sensaciones nuevas de infinitas dimensiones, gestos de relación más orgánica y vital con la naturaleza. Trato amoroso y terrible a la vez como es siempre el de un oficiante contemplador y solitario que permanece fiel a la intuición, aguardando paciente el encuentro esencial; la revelación de lo sagrado -citemos la hermosa metáfora de Luis Maldonado- “es la gracia compensatoria, para quien sin violentarla la aguarda enamorado, en espera de que apasionada y generosa se entregue por sí misma”4.

El abandono de Reverón no era sólo desatención y pesadumbre, precariedad de la existencia, ni era tampoco el éxtasis o arrebato de la mística tradicional. Era abismal, era densidad incomparable, procedía de una realidad profunda, angustiada. Su desvalimiento fue más bien consecuencia de su propio sentimiento religioso. Como en toda vivencia transformadora de lo esencial su inmersión en sí mismo le condujo a estados interiores tan sublimes como aterradores. En algunas ocasiones, tal intensidad religiosa suscitó transformaciones y necesidades corporales que el artista se imponía para purificar su cuerpo y conjurar el asedio de las fuerzas antagónicas que se oponen al desarrollo de toda obra íntima cuando se aspira a trascender la banalidad mediante la elevación del espíritu. En otras, como en la danza de un chamán, sus gestos personales y apasionados adquirieron ante el lienzo la gracia y dignidad de viejas prácticas rituales de culturas milenarias en las que el poder mágico de la danza despertaba energía psíquica transformada en fuerza, en conocimiento indispensable que ayudaba a vivir y a morir. Vaciamiento y plenitud en una misma ceremonia. Energía restaurada que fluye por las manos por el poder ritual del cuerpo en movimiento para que una parte del alma tuviera lugar en la pintura.

En las culturas indígenas y en las antiguas culturas orientales el cuerpo constituye un medio invalorable para la realización y el despertar espiritual. Vacíate a fin de ser llenado, reza el viejo proverbio. En Armando Reverón allí comenzaba la excepción: en el doloroso trance de crear la pintura alcanzaba la dimensión interior de una oración.

Boulton nos dejó una imagen de esa deseable plenitud:

Era un ejercicio extremadamente libre y sutil mediante el cual las formas cobraban vida a medida que el movimiento de su cuerpo mantenía su ritmo. Era una gesticulación que sugería reminiscencias de tipo erótico y como ancestral (…) y que en el ímpetu con que Reverón embestía el lienzo pudiera significar una velada intención de tipo sexual. En aquellos momentos el artista se aislaba de todo contacto exterior: no tocaba metales, tapaba sus oídos con grandes tacos de algodón o pelotas de estambre, y dividía su cuerpo en dos zonas, ciñéndose cruelmente la cintura. Luego mediante un ritual lleno de gestos y de ruidos como entrando en trance ante el lienzo, tornaba los ojos, bufaba y simulaba los gestos de pintar hasta que el ritmo del cuerpo y las gesticulaciones hubiesen adquirido suficiente ímpetu y velocidad. Entonces con actitudes de espasmo, era como embestía la tela (…) Se producía así una conjunción de factores en que el hombre aislado de todo contacto exterior respondía intensamente a su creación cerebral.5

En las circunstancias que revela el testimonio de Alfredo Boulton, el artista- mago era uno con su propia espontaneidad. En libertad plena para abandonarse en el trance de una danza ritual que superaba la escisión del cuerpo y el espíritu para que el gesto de pintar fuera verdad. Con respiración acelerada y recitaciones, como corresponde a todo ejercicio religioso invocatorio (¿mantras acaso?). Gestos eficaces de mágico poder que hunden sus raíces en una experiencia inconsciente y colectiva, por la que se fluye hacia el silencio. Técnicas de chamán desatando potencialidades más bien eróticas, pero una erótica transmutada en los procesos de la entrega profunda de ser unidad consigo mismo y con el entorno cósmico al que pertenece. El cuerpo cuando conquista esta plenitud deviene cuerpo místico. Una mística propiciatoria de la huida de la sensualidad por la que el artista trataba de hacer suyas otras certezas. El eros sexual se tornó eros místico, y esto debió significarle la más terrible de las luchas. Las fuerzas poderosas de la sexualidad pugnando por manifestarse y él tratando de guiar esa energía vital hacia ámbitos de expresión más sutiles: hacia la creación, en este caso. Juan Liscano recogió algunas impresiones de gente cercana a Reverón, que vislumbran la posibilidad de su castidad. De todos esos testimonios el de Juanita pareciera ser concluyente: “Ni cuando yo era joven y bonita se inspiraba”6. De allí quizás la escisión del cuerpo en dos mitades “ciñéndose cruelmente la cintura”, la separación de la “caldera”, como él solía decir.

A la transmutación ritual de la sexualidad humana se le conoce en la tradición ocultista como magia sexual. Su práctica constante puede guiar a un estado de realización interior. Esta técnica tántrica es la unión mística del Sol y la Luna a través de la obra sexual de una pareja y también un hecho psíquico-espiritual por el que una persona reconoce su interioridad innata. Santa Teresa, por ejemplo, desarrolló una relación nupcial individualizada que emanaba íntegramente de su propia naturaleza femenina. En ella y, en general, en la mística de todos los tiempos, lo erótico es la expresión de la evidencia íntima de un acontecimiento espiritual por el cual el alma en un impulso amoroso realiza su unión con Dios en la experiencia profunda del éxtasis místico. Es el Casamiento Alquímico del Sol y la Luna de que hablaban los antiguos alquimistas. Carl Gustav Jung dedicó entusiasmos y desvelos para aportar alguna comprensión de la imagen de la totalidad en la alquimia. Para él lo que acontece en las Bodas químicas “…no se trata sólo de la transformación y unión de una pareja real, sino también de una paralela individuación del adepto”7. Es así que una persona, alcanzada ya su individuación, puede vivenciar su hermandad con todo lo viviente e incluso con la materia inorgánica y con el cosmos mismo.

Es posible suponer -desde una perspectiva junguiana- que la castidad de Reverón ensayaba la individuación a través de la unión mística pero no con Juanita (“la mujer cuando está natural asusta“, llegó a decir), sino con su “otra mitad”: esa guía interior que potencialmente conduce al hombre a la integridad que se realiza en su naturaleza interior y que Jung llamó el ánima. Es la femineidad en el varón como arquetipo compensatorio que puede vivenciar la experiencia de totalidad. “La unión con la sombra y con el Ánima -afirma Jung- representa una dificultad verdaderamente importante… la problemática de los opuestos que allí aparece conduce a la constelación de contenidos arquetípicos compensatorios, es decir, a vivencias numinosas”8. Marta Traba también parecía admitirlo: “Reverón debía saber, con toda claridad, dónde estaba lo puro y dónde lo contaminado, dónde la salvación y dónde la condena”9.

Cuando se trabaja en la Gran Obra uno de los efectos que se produce, en la mayoría de los casos, es precisamente una intensa sensación de calor a nivel del sistema genital (¿la caldera?). Esto indica que las fuerzas creadoras del cosmos residente en el ser comienzan a despertar. Entonces el Sol y la Luna brotarán de tu corazón como flores de oro y plata.

En el sistema de conocimiento secreto de los alquimistas el casamiento del Sol y la Luna es simbolizado como dos vapores que emergen de la materia prima a medida que el fuego aumenta dentro del alambique. El fuego acá es asociado al centro del corazón que es el asiento de la mente intuitiva.

Hay demasiados peligros en el camino de esta realización. Es una búsqueda difícil de lograr sin sufrimiento. Puede, incluso, destruir una conciencia débil y el resultado no conducir a un desarrollo religioso sino a la locura o a cualquier otra perturbación física o psicológica. Si no se es cuidadoso al integrar el surgimiento creciente de los contenidos que allí nacen el despertar del fuego alquímico puede ser también un proceso traumático capaz de producir una profunda crisis de identidad con resultados devastadores. El doctor Báez Finol refiriéndose al origen de la enfermedad de Reverón dijo que no había un criterio exacto para calificarla, porque “las enfermedades mentales no pueden explicarse como las enfermedades generales”10.

También en las antiguas mitologías orientales se creía que un poder divino residente en el cuerpo podía ser despertado. Ese poder adquiría la forma simbólica de Madre Serpiente Kundalini. Para que la fuerza creadora del cosmos, dormida en esa forma mítica, pudiera ascender a los centros de energía (chakras) y revelar sus tesoros a la conciencia, el iniciado debía viajar a las entrañas de la tierra y enfrentar las fuerzas oscuras que allí yacen. Pero el solo despertar de ese poder no garantiza la perfección espiritual. A menudo ha sido considerado más bien como un camino peligroso que puede despertar contenidos inconscientes capaces de desbordar la conciencia. Jung aconsejaba no perturbar “aquello que permanece en paz, porque el viaje al inconsciente no es ni útil ni necesario hasta que nos vemos obligados a hacerlo por necesidad”. Decía también que “a veces el miedo a nuestro aspecto interior es saludable, porque una vez que penetramos sus misterios los valores científicos y morales de nuestro mundo conocido desaparecen bajo nuestros pies”11.

Reverón posiblemente conectaba de manera intuitiva con fuerzas naturales que lo sobrepasaban, cultivaba estados de conciencia en los que un aspecto de su personalidad se liberaba de la percepción habitual del mundo. La aspiración a reintegrarse en una unidad orgánica y espiritual era acaso su secreta solicitación. De esa entrega brotaba un sentimiento inefable de plenitud que alcanzaba en la pintura una simbolización intensa y expresiva de lo trascendente: la luz. Es posible entonces que ese énfasis artístico fuera también expresión de su necesidad interior, un anhelo supremo de realizar la integración de la totalidad dentro de sí. “El blanco alcanzó entonces tal intensidad que causaba como temor”12, dijo Boulton. De ser así, entonces su indagación en torno a la luz no habría sido sólo consecuencia del “deslumbrante sol del Caribe” que le etiquetaron al Período blanco. Al expresar esa dimensión religiosa habría sido también una metáfora por la que el artista estaría simbolizando la presencia de lo sagrado en ese momento clave de su actividad artística. La luz espectacular del sol del litoral se asocia en la pintura de Reverón con el simbolismo divino de la luz. De nuevo el testimonio de Liscano es elocuente: “le vi arrodillarse antes de iniciar las actividades del día y saludar al sol”13. Como en los antiguos cultos solares para el pintor la reverencia al sol es a la vez reverencia a lo sagrado. El valor de la luz como metáfora y símbolo de la divinidad, permanente en la cultura desde los tiempos más remotos se renueva en la experiencia de Armando Reverón para proponer un trato con la naturaleza revelador de una expansión de la conciencia que se anticipa en mucho a las motivaciones ecológicas de algunas tendencias del arte de nuestro tiempo, preocupadas por restablecer la verdadera relación de unidad del hombre con la naturaleza.

La trascendencia del espíritu es una experiencia violenta, de algún modo. Los giros decisivos del alma reclaman dolores y tristezas, desesperanza y soledad, por ello el camino de la mística es penoso en sus exigencias de ascética y de castidad. En la tradición ocultista los sufrimientos tanto físicos como psíquicos eran indispensables y considerados pruebas de iniciación por las que el adepto debía morir a su pasado para renacer en una nueva vida como un chamán o como un místico.Esa fue la vivencia del pintor de Macuto. Es indudable que algo de iniciático se presiente en la orfandad de Reverón. Su encuentro con la luz (con lo sagrado) fue deslumbramiento y sacrificio de sí mismo. Disolución de la razón ante una realidad profunda y misteriosa. La devoción a Dios cuando rebasa las fronteras del anhelo entraña siempre un riesgo inexorable de extravío. El exceso de luz ciega. Reverón así lo comprendió: “La pintura es la verdad; pero la luz ciega, vuelve loco, porque uno no puede ver la luz”14.

Si el propósito fundamental de toda experiencia mística es el de llegar a un sentido de unidad e identidad del alma con lo esencial, entonces quizás sea lícito hablar de una dimensión mística en la experiencia de Armando Reverón. Su “Retorno al Origen” fue a la vez un modo religioso de hacer vida, una práctica alquímica, un proceso de transformación interior. De su experiencia de totalidad “emana una lección de plenitud” que debería llevarnos a considerar su vida conjuntamente con su obra. Ambas constituyen una integridad que se completa mutuamente. Ello puede ofrecernos perspectivas insospechadas de nuevos desciframientos y comprender mejor el alcance de su aporte, el valor universal de su experiencia profundamente humana y espiritual, en la que se fraguaron lo mágico y lo mítico, lo simbólico y lo místico; experiencia religiosa en fin, a través de la pintura. En Armando Reverón se hacía plegaria la pintura.

Para el discurso artístico que se ejecuta en nuestra historia el fondo trascendente de la experiencia de Armando Reverón restablece el hilo fundamental de nuestra representación simbólica. El constante palpitar de lo sagrado, transido de presencia misteriosa que viene desde las culturas prehispánicas plena todo el arte de la Colonia y desaparece, en apariencia, durante el período Republicano. Es Reverón quien restituye y proyecta hasta nuestros días las resonancias del discurso de promesas eternales, para que otras liturgias renueven la antigua ceremonia y no se pierdan los sueños y el consuelo. El arte es finalmente la posibilidad de insertar nuestros anhelos en la intimidad de una unidad orgánica y espiritual que inexorablemente nos rebasa.

1. Mardones, José María, Las nuevas formas de la religión, Editorial Verbo Divino, Navarra, 1994, p.5.

2. “El incomprendido tiene quien lo entienda”, sin firma en el Diario de Caracas, Caracas, 10-05-89, p.29.

3. Breaux, Charles, Viaje a la conciencia, Heptada Ediciones, S.A. Madrid, 1990, p. 16.

4. Maldonado, Luis, Religiosidad Popular, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1975. p.136.

5. Boulton, Alfredo, Reverón, Milán, Italia, Ediciones Macanao, 1979, p. 100.

6. Liscano, Juan, Testimonios sobre artes plásticas, Galería de Arte Nacional. Caracas, 1981, p. 42.

7. Jung, C.G., Psicología y simbólica del arquetipo, Paidós, Barcelona, 1989, p. 120.

8. Jung, C.G., op. cit., p.190.

9. Traba, Marta, “Reverón descansa en Juanita” en Esta luz como de magos, Fundación Museo Armando Reverón, Macuto, 1992, p.134.

10. Báez Finol, J.A.,“Reverón visto por los psiquiatras”, en Zona Franca, Caracas,1964, p.7. 20.

11. Citado por Breaux, Charles, op cit., p. 21.

12. Rial, José Antonio, “El drama de la luz” en El Nacional. Cuerpo C, Septiembre, 1979.

13. Liscano, Juan. Ibidem, p.44.

14. Calzadilla, Juan, Voces y demonios de Armando Reverón, Alfadil Ediciones, Caracas, 1990, p. 128.

BIBLIOGRAFÍA

BAEZ FINOL, J.A.,“Reverón visto por los psiquiatras”, en Zona Franca, Caracas,1964

BOULTON, Alfredo, Reverón, Ediciones Macanao, Milán, 1979.

BREAUX, Charles, Viaje a la conciencia. Heptada Ediciones, S.A. Madrid, 1990

CALZADILLA, Juan, Voces y demonios de Armando Reverón, Alfadil Ediciones, Caracas, 1990.

ESPINOZA, Manuel, “El incomprendido tiene quien lo entienda”, en El Diario de Caracas, 10-05-89.

JUNG, C.G., Psicología y simbólica del arquetipo, Paidós, Barcelona, 1989.

LISCANO, Juan, Testimonios sobre artes plásticas, Galería de Arte Nacional. Caracas, 1981

MALDONADO, Luis, Religiosidad Popular, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1975

MARDONES, José María, Las nuevas formas de la religión, Editorial Verbo Divino, Navarra, 1994

RIAL, José Antonio, “El drama de la luz” en El Nacional. Cuerpo C, Septiembre, 1979.

TRABA, Marta, “Reverón descansa en Juanita” en Esta luz como de magos, Fundación Museo Armando Reverón, Macuto, 1992.

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